FIESTA DE PIURA
Como todos los pueblos de nuestra costa, el piurano
es «fiestero» y alegre, y enciende las luces de su devoción y de sus fiestas en
torno a santos, vírgenes, cruces y fechas religiosas. Son concentraciones de
fieles auténticamente populares, en las cuales el personaje central y el
protagonista real es el hombre común, el campesino humilde, el trabajador
corriente. Con razón se ha dicho que la religiosidad popular es un potente
factor de identidad regional, de organización social y de cohesión cultural.
Como toda cita de devociones espirituales, las
fiestas religiosas se han convertido con el tiempo en ferias y en mercados, en
los cuales no sólo brillan las llamas de las velas rituales sino también el
deslumbrante metal de las monedas.
En el departamento de Piura, estas fiestas se han
repartido, proporcionalmente, por provincias y regiones. Las más importantes
son: la Semana Santa de Catacaos, la Feria Internacional de Reyes y la fiesta
del Señor de Chocán en Sullana, la de Nuestra Señora de las Mercedes en Paita,
la de la Virgen del Carmen en Huancabamba, y la del Señor Cautivo en Ayabaca.
LA FERIA
DE REYES
Aunque hasta hace algunos lustros esta festividad
estaba circunscrita a la ciudad de Sullana, capital de la provincia del mismo
nombre, con el tiempo ha alcanzado una dimensión internacional, para
convertirse en una feria de transacciones comerciales millonarias, efectuadas
entre peruanos, ecuatorianos y colombianos.

Se calcula que durante los días que dura la feria
entre el 1° y el 12 de enero, Sullana, que regularmente cuenta con una
población de 70 mil habitantes, tiene que albergar a cerca de 30 mil
visitantes, de los cuales más del 50 % son ecuatorianos y colombianos, a
quienes se otorga permisos especiales de ingreso al país durante esta fiesta,
liberando de impuestos las mercaderías que traen, con lo que se consigue que
los visitantes obtengan millonarias ganancias y a la vez adquieran mercaderías
sumamente baratas.
Aparte de los bailes el más concurrido y famoso es
el que se lleva a cabo el día central, 6 de enero, en el primer centro social
departamental, el «Club Unión», lo que despierta más entusiasmo es el campo
ferial del estadio municipal, que concentra a todos los comerciantes que acuden
a Sullana y donde se ofertan mercaderías del país y del Ecuador, gozando del
favor del público los tallados de «tagua» o marfil vegetal, sobre todo los
juegos de ajedrez. El pueblo se divierte y baila en el campo ferial, pero donde
acude con mayor alegría es al parque principal, donde las «retretas»
vespertinas llenan las noches de Sullana de alegría y de cordialidad. Sus
peleas de gallos son las más famosas y concurridas del Perú. Se juega durante
una semana, mañana, tarde y noche, y los galleros ecuatorianos y peruanos
pactan peleas de muchos miles de soles y sucres. Todas son jugadas de a pico;
en Piura no se juegan gallos de navaja.
Esta feria está organizada y controlada por un
comité nombrado por la municipalidad de Sullana y que integran los elementos
más representativos de la ciudad.
LA SEMANA
SANTA EN CATACAOS
Durante siete días, impresionantes manifestaciones
masivas de fe y devoción llenan las calles y los corazones de los piuranos. La
celebración se inicia con la procesión del Señor Triunfante, el Domingo de
Ramos, cuando la imagen es conducida sobre una pollina blanca.
El día lunes desfila primero el Señor Cautivo,
luego, San Juan y la Dolorosa. El día martes salen las mismas efigies. El
miércoles el orden es Cristo de pie y luego Cristo de hinojos, llevándose a
cabo la ceremonia llamada «el despedimiento», que consiste en el encuentro de
la imagen del Cristo arrodillado con los demás santos. El Jueves Santo no sale
la procesión, que el día anterior ha retornado al templo. En esta ocasión se
nombra al «depositario», a quien se hace entrega de la «llave de oro»,
condición que le obliga a ofrecer el «banquete de los siete potajes» a las
autoridades, sociedades, cofradías y asistentes a la misa. Se calcula que a
este banquete asisten por lo menos mil personas, quienes son exquisitamente atendidas.

Las ceremonias del Viernes Santo se realizan con la
asistencia de todas las autoridades, que después pasan a la casa del «doliente»
personaje de gran figuración nombrado por los fieles, quien ofrece un banquete
a base de pescados y mariscos. Terminado el almuerzo viene el Sermón de las
Tres Horas, siguen las ceremonias ante el Santo Sepulcro, adonde el «doliente»
va vestido de luto por la muerte del Señor. Se calcula que este día la
concurrencia alcanza la cifra de cuarenta mil devotos.
El Sábado de Gloria se realizan los bailes sociales
y repican las campanas. El Domingo de Pascua, a las cuatro de la mañana, se
llena el templo y la procesión recorre el pueblo todo el día. Aquí se lleva a
cabo la ceremonia del «encuentro» entre San Juan y las Tres Marías ante el
Sepulcro de Cristo. Todo termina en la casa del procurador de cada cofradía,
donde se realiza la fiesta final, a la que deben acudir los miembros de cada
cofradía con sus respectivas esposas.
LA FIESTA DE LAS MERCEDES
Paita se llena de gente y viste de gala todos los
años del 22 al 24 de setiembre, cuando se celebra en el puerto la fiesta de
Nuestra Señora de las Mercedes, «Gran Maríscala y Patrona de las Armas del
Perú». Una semana antes del día central, que es el 24, se llevan a cabo en el templo
principal novenas y rezos, con una extraordinaria asistencia de paiteños y
piuranos, en preparación para la gran procesión de la Virgen, con la
concurrencia de miles de personas de todas las condiciones sociales,
predominando los pescadores y trabajadores del puerto.

Las fiestas familiares, de almuerzos y «comilonas»,
se ponen a la orden del día, y las paiteñas que llevan el nombre de la Virgen,
las «Meches», son celebradas y festejadas por sus amigos y familiares. En los
restaurantes y puestos de ventas, vivanderas y chicherías, los más variados
pescados y mariscos figuran en los prolongados banquetes, santiguados con
chicha, cerveza y anisado. Los «cebiches» de Paita son los más solicitados.
Paita es el único pueblo del Perú donde el «cebiche» se come con «galletas de
agua», que reemplazan a los tradicionales camotes, las yucas o el choclo
sancochado.
EL SEÑOR CAUTIVO DE AYABACA
No bien termina la festividad de la Virgen de las
Mercedes, muchos peregrinos salen rumbo a Ayabaca capital de la provincia del
mismo nombre para honrar al Señor Cautivo, en la más antigua devoción religiosa
del departamento, que se remonta a más de 200 años atrás.
La celebración se inicia el día 3 de octubre con el
multitudinario paseo del estandarte del Señor Cautivo. La primera salida es el
12, acompañado de la Virgen del Pilar; previamente, en una tarea reservada
exclusivamente a los varones, la imagen ha sido limpiada, se le ha arreglado el
pelo y puesto un traje nuevo, que será cambiado diariamente para las
procesiones.

Pocos días antes de la fecha central, el 13,
columnas ininterrumpidas de vehículos motorizados, acémilas y peatones trepan
por los cerros empinados de los Andes piuranos para llegar hasta los pies de la
ensangrentada imagen del Señor Cautivo a solicitar una gracia, un milagro, un
favor. La impresionante efigie del Cristo moreno, con las manos atadas y
cruzadas al pecho, vestido de púrpura y dorado, en el fondo del templo repleto
de devotos, se ilumina con las luces de los cirios y las lámparas. Hasta allí
llegan fieles de todos los rincones del departamento y en cada pueblo de
procedencia los peregrinos participan en una misa de despedida. De Catacaos
parten ataviados con sus características bandas bordadas; de Lima retornan los
Ayabaquinos residentes en la capital; también acuden ecuatorianos y colombianos
cargados con sus mercaderías y golosinas. Ayabaca se convierte, en medio de
ceras y sahumerios, en un inmenso campo ferial que moviliza enormes capitales y
toneladas de mercaderías.
Los grupos de peregrinos parten desde sus pueblos
de origen en grupos de dos a doscientos integrantes, caminando durante varios
días, durmiendo a la intemperie si es necesario, con tal de cumplir las
promesas hechas por su devoción. Muchas veces se puede encontrar niños de corta
edad marchando con estos grupos, pues esta costumbre está muy arraigada. Por la
falta de hoteles, el 70 % de las viviendas particulares alquilan habitaciones a
los visitantes. Aun así, muchos deben pernoctar en las carrocerías de sus
camiones y camionetas, atestando las estrechas y enlodadas calles de la ciudad
serrana; otros optan por dormir en el piso del templo, de donde en días
anteriores se han retirado las bancas, precisamente para hacer espacio a los
peregrinos.
La devoción popular da lugar a escenas
sobrecogedoras de penitentes que se dirigen hacia el santuario portando cruces,
caminando de rodillas o arrastrándose por el suelo. Ante la iglesia se forman
largas colas para poder pasar y postrarse ante la efigie del Señor Cautivo, a
cuyos pies depositarán sus limosnas y sus «milagros»; éstos son de variadas
formas, representando sobre todo gallinas y vacas, para los cuales se pide
protección. Los fieles portan un trozo de algodón que pasarán por la mano o el
rostro del Señor Cautivo y conservarán como una reliquia. Ante la iglesia se
forman largas colas y la seguridad exterior e interior está a cargo de las
hermandades, la policía y una veintena de «ronderos» conocidos como
«servidores» portando un látigo.
En esta fiesta hacen su agosto los comerciantes de
telas y dulces y los fabricantes de los famosos jamones Ayabaquinos,
considerados como un potaje sin par, hasta el punto de que muchos gastrónomos
los estiman superiores a los jamones ingleses. Por las calles de Ayabaca se
venden las famosas «panelas», los sabrosos «bocadillos», las blancas y
espumosas «calaveras» y los suaves y oscuros «rallados», dulces hechos a base
de «chancaca» y maní, que los visitantes compran por cantidades.
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